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Los benahoaritas

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Benahoare, “mi tierra” fue el espacio insular al que llegaron, perdidos en la nebulosa del tiempo, los primitivos habitantes de la isla, quienes por defenderla con toda su alma fueron sometidos, vendidos y masacrados. Su espíritu ha pervivido en la memoria y la idiosincrasia del pueblo palmero.

Uno de los rasgos definitorios de la cultura benahoarita fue el amor, el arte y el preciosismo con el que realizaron muchas de sus manifestaciones: los enigmáticos y abigarrados grabados rupestres; la maravillosa cerámica; la variadísima industria ósea y malacológica, especialmente en colgantes y cuentas de collar. Estas mismas virtudes son del todo perceptibles hoy en el gusto del palmero por las cosas y el trabajo bien hecho, como sucede en la magnífica y variada arquitectura de La Palma, en muchos casos única y extraordinariamente adaptada al medio natural, hasta resultar prácticamente invisible; la conservación casi intacta de bosques milenarios y la pasión por la defensa del terruño.

Las fuentes etnohistóricas denotan que los aborígenes eran muy melancólicos. Este comportamiento no debe extrañar e, incluso puede comprenderse, ante la contemplación desnuda y descarnada de muchos paisajes que definen a la isla de La Palma: los abismos de la Caldera de Taburiente, los salvajes acantilados costeros de la mitad norte, las tenebrosas fauces de los volcanes de Cumbre Vieja y las nieblas permanentes que recubren y difuminan los bosques de laurisilva. Muchos de estos parajes están dotados de una extraordinaria e inexplicable fuerza invisible que nos hacen sentir más cerca de la Creación, siendo uno de sus santuarios el Caboco de la Zarza, en el municipio de Garafía, donde sus maravillosos petroglifos sólo pudieron ser creados por un espíritu divino imbuido del poder de la Naturaleza y los elementos de la isla.     

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